El amor en la interrupción del embarazo

Interrupción del embarazo

Ginesta es una increíble mujer que ha tenido la generosidad de compartir algo tan íntimo como la historia de su primera hija Dàlia.

Además, podéis seguirla en su blog donde explica cómo ha sido su recorrido desde que perdió a su hija Dàlia, hasta la actualidad con su bebé arcoíris.

Es una de las fundadoras y administradoras del primer grupo privado de Facebook sobre interrupción del embarazo y estoy segura que ayudará a muchísimas mujeres que, por desgracia, vivirán una situación similar a la suya.

Su relato no os dejará indiferentes, por lo que os invito a leerlo, independientemente de la opinión que tengáis sobre la interrupción del embarazo o incluso que creáis que este tema os parece desagradable.

Es importante concienciarnos de que esta realidad existe y que la están viviendo cada día muchísimas familias. Familias que desean a sus hijos y harían por ellos cualquier cosa, pero que tras diagnósticos terribles han de tomar la peor decisión de sus vidas.

Y ahora si, os dejo con

La historia de Dàlia

Esta es Dàlia

Mi nombre es Ginesta y hace 2 años y 8 meses que mi vida cambió para siempre, pues me convertí en madre por primera vez. Sin embargo, no fue la maternidad con la que había soñado puesto que mi bebé nació sin vida.

El 22 de enero de 2017 me di cuenta, gracias a un test casero, que estaba embarazada. Nos había costado dos años conseguirlo, de modo que fue una gran noticia ya no solo para nosotros, sino para nuestra familia y amigos.

Al día siguiente de hacerme el test sentía tanto malestar que decidimos acudir al hospital para verificar que todo estuviera bien, según la última regla ya debía estar de 7 u 8 semanas, pero al realizar la ecografía encontraron un embrión sin latido y muy pequeñito. Al no cuadrar las fechas con las medidas mi matrona programó una ecografía

de control a los 10 días. Fue muy desesperanzadora esa visita ya que me explicó que no sabían si mi embarazo era de menos tiempo o se trataba de un huevo huero o un aborto diferido, solo podía esperar.

Llegué a la consulta con el corazón peleando por salirse del pecho, nerviosa perdida, pero en cuanto conectaron el ecógrafo en la pantalla vimos a mi peladilla mucho más grande y con un latido ensordecedor. Todo iba bien.

Las siguientes semanas transcurrieron con normalidad, alguna náusea, algún vómito, pero estaba tan contenta que en cuanto nos hicieron la ecografía de las 13 semanas compartí con el mundo entero mi felicidad. Habíamos llegado hasta allí perfectamente, estábamos a salvo habiendo pasado el primer trimestre. Compramos un carrito, empezamos a pensar qué cuna comprar, nos empezaron a regalar cosas. Pero no nos habían dicho que, a veces, pasar el primer trimestre no implica que todo esté bien.

A las 16 semanas nos hicieron otra ecografía por protocolo debido a mi hipotiroidismo. No nos pudieron decir con exactitud el sexo, estaba en plena siesta y con las piernas cruzadas, de modo que fue imposible averiguar nada más, simplemente otra vez todo iba bien.

A las dos semanas recibí una llamada del centro para aplazar la revisión de las 20 semanas, como estaba todo bien no encontraron inconveniente en hacerla a las 21. Ese día me hice la primera foto de la barriga y comí chocolate de camino a la consulta para motivar a mi peladilla a moverse un poco, teníamos los nombres decididos y ¡queríamos saber cuál iba a ser! Recuerdo los nervios antes de que nos llamaran, hasta que por fin me hicieron ir al baño.

Última foto embarazada de Dàlia

Entramos, me recosté y me embadurnaron de ese gel helado. Empezaron a tomar medidas, ¡esta vez sí se movía! Arriba y abajo, sus manitas, sus pies. Pero la doctora no hablaba, solo pasaba cifras a la chica del ordenador que apuntaba todo. No nos hablaba, alguien entró para comunicarle algo y la hizo salir a toda prisa. No nos hablaba y sentí que algo iba mal. Apagó la pantalla y nos dijo que estaba todo bien, pero había una cosita que no. Solo podía oír mi corazón. Su cerebro no estaba bien formado, había algo en la columna que no estaba bien pero no nos podía decir más, nos mandaba a otro hospital con unidad de medicina fetal para valoración.

Yo solo oía mi corazón. ¿Qué pasaba? Quizás era operable, no nos supo decir más. Recuerdo salir con el sobre con el informe cogido con las manos sobre mi pecho y lágrimas. Todo el mundo nos miraba. Fue la enfermera la que nos acompañó al mostrador haciendo que nos saltáramos toda la cola, yo no podía hablar. Solo lloraba.

Los dos días siguientes fueron un horror, tuve que pedir la baja porque la ansiedad me incapacitaba. Mi peladilla no paraba de patalear, quería saber, como yo, qué le ocurría y por qué. Al tercer día tuvimos la visita con diagnóstico fetal y allí mismo nos confirmaron que nuestra pequeña tenía un Defecto del Tubo Neural, un mielomeningocele desde la t12 con ventriculomegalia y Chiari II. No recuerdo con claridad ese día, nos explicó con todo el amor del mundo qué era una espina bífida abierta, las consecuencias para la vida y el tratamiento.

Teníamos dos opciones, operar para cerrar la parte de la columna expuesta (más de la mitad) y evitar que empeorase, o interrumpir el embarazo puesto que estábamos dentro del margen legal aún.

Interrupción del embarazo, yo ni siquiera sabía que se podía hacer tan avanzado el embarazo, ni que a veces hay motivos médicos para hacerlo. Nunca me había planteado la posibilidad de abortar, pero la vida de mi hija estaba en juego.

Habiendo puesto todas las cartas sobre la mesa, habiéndonos explicado qué procesos y operaciones serían necesarios para seguir adelante, decidimos que no podíamos hacerle eso a nuestra pequeña, no podíamos permitir que sufriera tanto toda su vida. Nos dijeron que un médico la trataría des de su nacimiento hasta su muerte, cosa que no sabíamos cuando iba a pasar. ¿Días?, ¿meses?, ¿5 años?, ¿20? No. No podía pensar con claridad, pero no quería esa vida para mi hija, no la quería.

Quería que corriera, que saltara, que se relacionara con otros niños y eso no iba a poder ser. Otra vez salimos de la consulta hundidos, todas las miradas sobre nosotros. Mis ojos rojos. Mi corazón empezando el duelo sin saberlo.

Ese fin de semana se celebraba el festival de Eurovisión, mayo estaba ya algo caluroso. Busqué información sobre mielomeningocele, sobre gente que hubiera tomado la misma decisión que nosotros. No encontré más que asociaciones de padres con hijos afectados, de gente afectada. Eso me hundió más aún, si es que era posible caer más bajo. Busqué grupos de interrupciones, de abortos, nada. Estaba sola. Éramos yo, mi pena, mi desesperación y mi peladilla dando patadas.

El 15 de mayo comunicamos la decisión. Me hicieron una amniocentesis y nos enseñaron a nuestro bebé en la pantalla. Aún en blanco y negro era preciosa. Mientras esperábamos para entrar a consulta con la doctora, miré los informes una vez más. No sabíamos qué era, les dije que no quería saberlo, pensaba que así sería más fácil, pero una frase resaltada en negrita apareció en mis morros como una punzada: genitales externos femeninos. No quería saber qué era porque pensaba que ponerle nombre me haría daño, pero inmediatamente se lo puse, ese nombre que siempre decía en voz alta cuando soñaba con tener una hija. Llorando le dije a mi marido, cariño, es Dàlia.

Esperábamos en aquellas sillas ancladas al suelo cuando una mujer apareció y se sentó unos metros más allá. Llevaba un carrito y en él a un niño inmóvil. En el cesto no había juguetes sino máquinas. No había chupete sino tubos y algo que pitaba a cada rato y succionaba. Nunca sé si contar esto porque yo en aquél momento me sentía muy mal por lo que habíamos decidido hacer, y ver a ese bebé me dolió profundamente, el sonido de esa máquina me taladró el alma, de hecho, aún recuerdo la escena con claridad y me pregunto si ese bebé seguirá vivo. Supe que yo no quería eso para mi hija, para Dàlia.

Entramos a consulta los últimos, habíamos llegado a las 9 de la mañana y nos llamaron a las 13h pasadas. Fue una tortura esperar allí, sin poder irnos, sin comer, con parejas embarazadas tratando de entablar conversación con nosotros. Ni siquiera me veían la cara, solo veían a una mujer embarazada en la planta de obstetricia.

Nos explicaron que iba a parir a mi hija. Me pareció una broma cruel, ¿cómo podía parir si mi hija apenas llegaba a las 23 semanas de gestación, si iba a morir? Pero sí, tenía que parirla y dejarla allí.

Autorizamos autopsia, recogida de muestras para la investigación y nos dijeron que podíamos verla, cogerla. Yo dije que no. “Bueno, mañana te lo volveremos a preguntar, los psicólogos lo recomiendan” Yo pensé que me importaba tres mierdas lo que dijera un psicólogo, estaba firmando para que matasen a mi hija, me la iban a hacer parir, ¿y encima querían que la viera?

Tomé la primera pastilla.

El 16 de mayo ingresamos a las 8 en urgencias, entregamos los papeles y me pusieron la pulsera. Nos acompañaron mis padres y mi hermano, que quedaron en la sala de espera cuando nos hicieron pasar a la zona de paritorios. Estábamos esperando delante de la sala de monitores, donde había una mujer con contracciones. Se quejaba. Habría dado lo que fuera por cambiarme con ella, por estar yo en su camilla y ella en mi silla. Pero eso fue muy cruel por mi parte, no le deseaba mi situación a nadie. Nadie. Había otra pareja con nosotros, supongo que irían para una inducción.

Yo solo tenía ganas de vomitar, me ardían los ojos. No podía creer que aquello estuviera pasando de verdad.

Me desnudé en el baño, olía a desinfectante. Me puse la bata y me senté en la cama. Al poco apareció mi marido con la bata verde y unos patucos verdes también. Lo primero fue la anestesia peridural, esa que te quita el dolor, pero te deja sensaciones. Luego entró el equipo médico, el ecógrafo y agujas. Montaron un parapeto con una sábana.

Mi hija iba a morir.

Nadie habló salvo para darse instrucciones, una enfermera me acariciaba para tranquilizarme, mi marido me cogía la mano, la vía se retorcía. “Ya”. A las 10:45h mi corazón volvió a latir solo dentro de mi cuerpo, mientras se rompía en mil pedazos.

La psicóloga vino a hablar con nosotros, de cómo había ido el embarazo. Se lo contamos todo, des de los dos años de búsqueda hasta el “ya”. Nos recomendó verla, nos habló del duelo gestacional y del duelo en general, nos preguntó su nombre y desde entonces habló de ella siempre así, dándole un lugar en toda esta historia.

El día fue muy largo, dosis de pastillas cada 4 horas, cambio de suero, mi familia entrando por turnos y una dosis de anestesia entrando directamente a mi médula espinal cada hora. Fueron 11 horas interminables. A las 8 de la tarde me rompieron la bolsa, fue desagradable, pero si eso iba a acelerar las cosas adelante, yo no podía más. Había oído cómo pujaban en las habitaciones de al lado, cómo les daban ánimos, cómo lloraban por primera vez no uno, sino tres bebés que se irían a su casa con sus padres y con cada uno bajaba a la realidad y me daba cuenta de que eso no me iba a pasar a mí.

A las 10 y media pasadas noté como algo me mojaba los muslos, estaba con mi madre charlando y de repente algo salió de mi a borbotones. Llamó a las enfermeras que entraron corriendo con la ginecóloga, me miraron y nos dijeron que ya estaba aquí, que entrara el padre.

Mi madre, pobre mi madre, nadie le hizo caso. Salió a avisar llorando, ayudó a vestirse a mi marido y se quedó en la sala de espera con mi hermano, mi padre y la mujer de mi padre.

No hizo falta apenas empujar, salió sin esfuerzo y oímos como cortaban el cordón.

Queríamos verla, ahora sí, no podía dejar que se la llevaran sin más. Mientras se ocupaban de la placenta y de raspar los pocos restos que quedaron la enfermera nos dijo “ahora la limpio y te traigo a tu bebé”. Tenía razón, era mi bebé. No respiraba ni su corazón latía, pero era mi bebé, nuestra primera hija. No podíamos no despedirnos, necesitaba darle ese beso de buenas noches ni que fuera una sola vez.

Mi maridó avisó a la familia de que ya había nacido, y mientras deambulaba buscando consuelo vio que nuestra pequeña estaba en el baño, donde la habían limpiado un poco, recostada boca abajo. Me dijo que la había visto y que la lesión era grande.

Nos la trajeron envuelta en media sábana, con un gorrito de malla compresiva. Pregunté cuánto pesaba, 400 gr. Nos dejaron solos.

Me senté del todo con la ayuda de mi marido y cuando la tuve bien cogida destapé la sábana. Me costó colocármela, era demasiado pequeña para ponerla sobre mis brazos, como a un bebé de los que conocíamos. Era muy pequeña, así que mi mano la acunaba. Destapé la sábana y apareció ante nosotros. Tenía una manita en la cara, bien colocada.

Debajo del gorro asomaban una naricilla respingona y unos labios bien definidos, distinguí a mi familia en ellos. Su abdomen estaba hinchadito, el cordón completamente blanco destacaba sobre su piel roja y finísima. Sus piernecitas eran finas, con unos pies grandes con los dedos como su padre, blancos también y se le veían algunas venitas. En conjunto, aun tan roja y con la mitad del desarrollo por delante, era un bebé precioso.

Lo primero que toqué fue su mano, cubría la yema de mi dedo apenas. Entonces acaricié todo su cuerpecito con el dedo, le pedí perdón. Levantamos el gorrito y vimos que cuando me rompieron la bolsa arañaron su frente, me supo tan mal… Le dimos la vuelta, quería observar su espalda y papá tenía razón, la lesión era muy grande y evidente, ocupaba la mitad de su espalda. Verla, ver lo que tenía, acariciarla, abrazarla y besarla me dio paz.

Me sentí tranquila porque, aunque rota por dentro, sabía que habíamos tomado la decisión menos cruel para ella. No habría podido vivir así, así no.

Mientras descubría su cuerpo y memorizaba cada centímetro de ella vi su vida, la vida que quería para ella, pasar por mi cabeza. Me imaginé ese primer llanto, como los que había escuchado durante el día. Su voz, su risa ¿cómo habría sido? Sus ojos al descubrir la lluvia y la nieve, ¿de qué color? La vi descubriendo el barro, el tacto de la hierba en los pies, corriendo por el patio entre las flores. El primer día de playa, el primer cumpleaños, el primer día de colegio. Nada iba a pasar. No estrenaría el carrito rojo ni ese conjunto que nos habían regalado unas semanas antes y yo había dicho “con esto saldrá del hospital”. No habría nada de eso porque ella estaba en mis manos perdiendo el calor, en silencio.

No habría llantos, ni risas, ni velas de cumpleaños. Así vino y así se fue, en silencio.

Quise llevármela, instintivamente. Quise hacerle fotos, pero los prejuicios me lo impidieron, tenía a mi instinto gritándome al oído que cogiera el teléfono y me las guardara para mí, pero no lo hice, tuve miedo de que me llamaran loca, a que me cuestionaran o dijeran que era macabro. Me costó mucho despedirme, pero me sentí en paz y todos los miedos que me trajo la maternidad se disiparon, pues me sentí preparada como nunca para ser madre.

Tuve la suerte de que me trasladaron a una habitación donde estuve sola, con la ayuda de dos enfermeras me duché y me dieron los consejos post-parto y algo de comer. Me recuperé de una bajada de tensión y me dieron dos pastillas pequeñas para que no me subiera la leche.

Lo peor fue despertar al día siguiente y abandonar el hospital con los brazos vacíos. Salir derrotados tras haber pasado allí las peores 24 horas de nuestras vidas. Entrar en casa y ver sus cosas, tener que meterlas en una habitación y cerrar la puerta, empezar ese duelo incomprendido sumida en una depresión que reduciría 4 meses de mi vida a apenas unos pocos recuerdos. Enfrentarme al olor de la sangre, a los cristales que quedaban pegados al sujetador y a ese tremendo vacío de mi vientre.

Y ahora, dos años y pico después, ¿Qué queda de todo eso?

Volví a quedar embarazada después de Dàlia, dos veces. La primera acabó en despedida a las 6 semanas de forma espontánea y me hizo ver que no estaba preparada, no para ser madre, sino para tener que despedirme de nuevo.

Toda la frustración volvió, había estado dos años buscando ser madre y en seis meses había perdido dos hijas.

No quise empezar de nuevo la búsqueda, pero a veces no hace falta planear las cosas para que sucedan y volví a quedar embarazada sin saberlo de mi tercera hija, la mayor, Èlia, mi arcoíris, que ahora tiene poco menos de año y medio.

Con ella he sabido qué nos perdimos con Dàlia, pero ese es otro tema que merece más que un párrafo. Hoy sigo llorando al acordarme de aquel 16 de mayo de 2017.

Sigo llorando cuando repaso todas las cosas que hubiese podido hacer para despedirme y no hice por falta de información, me carcomía no tener ninguna foto suya y me decidí por fin a pedir las de la autopsia. Tardaron, pero me las dieron y volver a verla, tener esa fotografía me ayudó a cerrar un capítulo de mi vida que estaba abierto desde entonces.

Sin embargo, no ha sido un punto y final, ya que formará parte de mí, toda mi vida y siempre, por años que pasen, seguiré echando de menos ese pedazo de mi corazón que se llevaron junto con mi hija, envueltos en media sábana.

Haberlo escogido no lo hace menos doloroso. Saber el motivo de su muerte no es alivio. No hay nada peor que estar tumbada en una camilla con tu hija viva en el vientre y que sea la mano de otra persona bajo tu autorización quien le pare el corazón, que no puedas protegerla en el lugar que se supone más seguro para ella.

Saber que su vida habría sido corta y dolorosa no hace que pensemos que hicimos lo correcto, pues lo correcto es que sean los hijos quienes despidan a los padres al final de una vida larga y llena de recuerdos.

Sí me consuela el hecho de que no sintiera dolor, que su despedida fuera en un lugar tranquilo, en su medio, sintiendo mi corazón y el amor que había despertado en mi cuando vi esa segunda ralla empezar a marcarse en el test. Un amor que nunca dejará de existir pese a que ella no esté conmigo porque, aunque no pueda abrazarla hoy nunca podré olvidar esas 22 semanas y 5 días en los que sí existió y la felicidad que me dio cuando “todo iba bien”.

Dàlia Rodríguez Urbano – 402 gr. – 25,3 cm.

La manita de Dàlia
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5 comentarios en “El amor en la interrupción del embarazo”

    1. Gracias a ti por querer dar visibilidad a una historia tan íntima e intensa, estoy segura que con ella, muchas mujeres vivieran su experiencia de una forma más acompañada.

  1. Me has emocionado mucho , me has hecho recordar el momento en el que yo también conocí a mi hijo Aron con 23 semanas , y el momento en el también tuve que despedirme de él.
    Esas sensaciones que bien sabe solo quien por desgracia pasa por esto . Un abrazo valiente

    1. Gracias Noemí por tus palabras. Realmente como tu dices es una realidad muy dura que solamente conoce quien la vive. ¡Un fuerte abrazo para ti también!

  2. No he parado de llorar desde la primera frase de tu historia. Gracias por esta lección, por ayudarnos a comprender este duelo, a acompañarte en él. Ojalá esta historia pueda ayudar a muchas familias, ojalá contribuya a visibilizar el duelo perinatal y a evitar que otras mujeres sufran solas, sin recursos, sin ayuda, sin tan siquiera ser comprendidas. lo que tú sufriste. Eres una mujer increíblemente valiente. ¡Un abrazo enorme!

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